26.9.11

Corazón

Prometí a una persona que estas palabras iban a ser alegres. Supongo que están a merced de unos sentimientos que se pierden por cada minúsculo recoveco de mi corazón, un músculo que late hasta el punto de querer escaparse de mi pecho.

Es curiosa la sinergia que produce la mente y el corazón cuando ambos no tienen constancia de lo que siente el otro. ¿Por qué si estamos enamorados nos rompen el corazón cuando el dolor está acumulado en nuestra cabeza? ¿Por qué los latidos de nuestro corazón se disparan cuando vemos a una persona que queremos si el corazón no entiende de imágenes? No busco una explicación biológica, porque ya la conozco y es ciertamente esencial. Me interesa mucho más esa sensación que todos hemos sentido de escuchar una canción en el coche y hacerte tan pequeño que tu corazón consigue que apoyes tu cabeza junto al cristal y te envuelva una sensación de melancolía. Que se detenga el tiempo y te duela un músculo que sólo bobea sangre, y que esa sangre termine derramándose por tus ojos en forma de lágrimas.

Quizá el cajón de nuestros sueños nos queda demasiado grande y cosemos ilusiones que desde un principio, si nos detuviésemos a realizar un estricto control de calidad, nos devolverían a la más cruda de las realidades. Soñamos demasiado y convertimos un simple músculo en el centro de nuestro universo. Un Sol sobre el que pende una existencia que es nuestra nada más, y que a veces tenemos a bien en compartir olvidándonos el precepto más claro y sencillo. Que es nuestra. Y como tal no merece que la abandonemos. Al menos no hasta el punto de abandonarnos a nosotros mismos y hacernos dependientes de un sentimiento que ya no es sólo nuestro y que en el momento más inesperado se vuelve contra nuestro pequeño corazón.

¿Por qué dotamos de tanta importancia a un músculo que lo único que hace es mantenernos vivos? ¿Por qué lo destrozamos de esta manera si no está preparado para ello? Es algo así como cuando acabamos con la inocencia de un niño. Una criatura que está en el mundo para ser feliz y jugar. Hasta el momento en que la vida de la forma más dura posible decide, de forma unilateral, que ya es tiempo de ser adulto y le coloca en la peor de las situaciones. Una inocencia que se rompe en mil pedazos, como el jarrón de porcelana más frágil que jamás puedas imaginar cuando cae al suelo. Cada pequeñísima pieza que se esparce por el vacío conforma un trocito de la inocencia que nunca volverá.

Igual que cuando nos enamoramos y destrozamos nuestro corazón, cuando lo pateamos y lo tiramos por el suelo, cuando pataleamos de dolor y nos sentimos los seres más desgraciados del Universo. Es un puñetero músculo que bombea sangre. Nada más. Pero aún así nos empeñamos en decir que nos lo han destrozado y que somos los seres más infelices del mundo. Porque en cada pequeño pedazo que se pierde - y que nunca más volverá - se escondían cientos de ilusiones, pensamientos felices y ganas de vivir.

Y todo ello es porque a pesar de ser un músculo que sólo bombea sangre y que nos mantiene vivos es lo más grande que tenemos. Por eso cuando sufrimos nuestra mente desvía ese sufrimiento hacia nuestro corazón, quien a través de latidos descompasados depura el dolor de sentir que estamos perdiendo la vida. 

Porque nuestro cuerpo es tan sabio que nos desconecta por completo, que perdemos la razón y el apetito, la sonrisa y las ganas de vivir para acumular toda nuestra fuerza en un corazón que, al igual que la locomotora de un tren a vapor, no hace más que llorar lágrimas de sangre. Nos vacía y nos depura. Nos bombea y devuelve a nuestra mente nuestra más sana cordura. La de sentirnos una vez más nosotros mismos como parte de un todo. La cordura de querer volver a empezar y poner de nuevo el jarrón sobre la mesa. La locura de dejar que caiga otra vez al suelo y que nuestra mente revolucione nuestro corazón una vez más hasta el punto de repetir una y otra vez el mismo proceso. El de depurar nuestras lágrimas de sangre y dejarnos limpios para volver a empezar y enamorarnos. El proceso de seguir avanzando destrozando un músculo cuya función es sólo bombear sangre. Un músculo que sólo nos mantiene vivos. El verdadero centro de nuestra existencia.

¿Y ahora dime tú, conseguí escribir algo alegre?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aunque en la distancia y siendo casi dos desconocidos,tus palabras una vez más me han puesto los pelos de punta. Tienes miles de cualidades buenas, pero escribir ha sido siempre parte de ti, ¡y qué bien lo haces!
Tal vez peque de opinar donde nadie me llama, pero sabría responderte perfectamente a esa pregunta. Tus palabras no son ni tristes ni alegres. Son palabras de madurez, de saber aceptar la realidad en que vivimos y vivir un presente cada vez mejor, gracias a ese dolor. Un dolor que, aunque la mente genere, siempre acaba pagando, como bien dices, el corazón. Pero no olvides que de dolor también se vive, pues gracias a el viene la madurez, y de la madurez una alegría diferente, tal vez menos inocente, pero un presente y futuro cada vez mejor.
Me alegra haber sabido de ti. Aunque no sepas, pero seguro siempre intuirás, Te quiero un montón y siempre te querré.
P.D.: Gracias por haber sido una de mis causas de un futuro mejor.

Inquietudes de Ingravidez dijo...

Gracias por tus palabras. Si una persona me conoce y puede opinar, sin duda eres tú. Me hace muy feliz que, a persar de todo, sigas adeltante y todo vaya perfecto. Muchas gracias por tus palabras, muchas gracias por estar ahí... Porque ni somos casi dos desconocidos ni la distancia hace el olvido.
Yo también te quiero. Siempre.